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sábado, 6 de febrero de 2010

¿PODEMOS LLAMARLO RETRATO?

Quisiera poder jugar con las palabras como con los trazos del dibujo…

La Real Academia Española nos ofrece unas cuantas acepciones de la palabra “retrato”, a saber: a-Pintura o efigie principalmente de una persona.

b-Descripción de la figura o carácter, o sea, de las cualidades físicas o morales de una persona.

c-Aquello que se asemeja mucho a una persona o cosa.

Hay una acepción válida en Colombia, Méjico, Perú y Venezuela: “retrato hablado” o “robot” que significa: a- Imagen de una persona dibujada a partir de los rasgos físicos que ofrece quien la conoce o la ha visto. (Esto, entiendo, es un identikit)

b- Conjunto de las características de un tipo de personas.

Por otro lado, ser alguien “el vivo retrato de” otra persona significa parecérsele mucho.

Hasta aquí el diccionario…

Ahora bien, cuando dibujo un rostro comienzo por los ojos, desde allí voy configurando el resto; la mirada es el centro, el punto de referencia a partir del cual me ubico en el espacio y despliego el universo a representar… me parece una palabra enorme: “universo”… ¿inapropiada tal vez?... es que surgió de manera espontánea. Luego de pensarlo me he dado cuenta que la posibilidad de dibujar un rostro significa, justamente, desplegar una infinidad de trazos con el lápiz que me permiten plasmar lo que en definitiva resulta ser mi versión de ese rostro.

Como decía, comienzo por los ojos, y durante todo el proceso de construcción siguen siendo el punto de referencia al que vuelvo siempre. El sombreado me ayuda a delimitar la nariz, y por simultaneidad se van armando los pómulos, luego el trazado del cabello va ampliando el horizonte, va otorgando volumen, vuelvo sobre lo ya dibujado, sombreo, me acerco, me alejo… Llego a la boca, con la cual completo la configuración expresiva, hasta parece que los ojos miran distinto… y así la cara ya tiene volumen y si me alejo lo visualizo mejor, si me acerco, los infinitos detalles de los trazos son obligadas estaciones en las que me detengo para continuar el viaje.

Los trazos pueden ser caricias, y también marcas de diferencias y enojos, suaves arrullos, voces firmes, nombres bien deletreados, confortable tranquilidad, descanso, agitada carrera, vaivén que aquieta, vaivén que inquieta… sí… el universo es infinito…

Me atrevo a decir que la cara que dibujo condensa toda la historia vincular que me liga con esa persona.

Así es que la imagen se va construyendo, en mi interior, al calor del afecto que circula; no me doy cuenta de este proceso de construcción, no soy consciente del mismo, hasta tanto se me ocurre dibujar. Es entonces, en ese acto, cuando comienzan a desplegarse los trazos que relatan, dibujando, sin letras, la historia afectiva del vínculo.

A propósito, según mi registro, la primera vez que dibujar un rostro fue significativo para mí y para el otro del vínculo en cuestión, fue cuando un pacientito, hacia el final de su análisis, me propuso en una sesión: -¿“Qué tal si yo te dibujo a vos y vos me dibujás a mí y nos queda como recuerdo? Otra paciente, una niña, también hacia el final del trabajo terapéutico, me pidió que la dibuje. Después de unos años y entre otros dibujos de esa etapa, ante otro final, dibujé el rostro de mi padre, en esa oportunidad comprendí la maravillosa posibilidad de recrear que me ofrecía el dibujo…

Sabemos que la posibilidad de construir imágenes es muy arcaica, previa a la de construir palabras propias y en su formación seguramente intervienen las palabras que oímos provenientes del otro, los sonidos, arrullos, tonos, ritmos, olores, colores, texturas, temperaturas.

Finalmente la imagen que resulta puede no ser muy fiel al original, o a la fotografía del mismo, incluso puede suceder que el dueño del rostro en cuestión ni siquiera se reconozca en ese dibujo… Por eso es que dibujarlo copiándolo desde una foto, constituiría otro trabajo… Porque en este proceso que estoy describiendo, dibujar, es expresar contenidos propios, así como escribir también lo es; construídos siempre en relación a otro.

Entonces, volviendo a las definiciones del comienzo y teniendo en cuenta mis ganas de jugar con las palabras… podría agregar que, a veces, dibujar el rostro de una persona, es también la expresión en una imagen, del vínculo construido entre dos, siempre y cuando haya existido un encuentro de miradas que posibilitara el devenir del mismo.

Bueno… no sé si llamarlo retrato… es mi versión de tu rostro.

María Laura Piris.